Generado con IA · Tema 1

La concepción del espacio geográfico. Corrientes actuales del pensamiento geográfico.

Geografia E Historia Comunidad Valenciana 7.328 palabras
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TEMA 1. LA CONCEPCIÓN DEL ESPACIO GEOGRÁFICO. CORRIENTES ACTUALES DEL PENSAMIENTO GEOGRÁFICO.

ÍNDICE

  1. Introducción
  2. El concepto de espacio geográfico: la geografía como ciencia de síntesis
  3. Conceptos clave del análisis geográfico: lugar, territorio, paisaje, región y escala
  4. Antecedentes: de la geografía clásica a la institucionalización decimonónica
  5. El determinismo ambiental: Ratzel y la escuela alemana
  6. El posibilismo: Vidal de la Blache y la escuela francesa
  7. La geografía regional: Hettner y Hartshorne
  8. La revolución cuantitativa y la geografía teorética
  9. Las geografías críticas y humanísticas: Harvey, Santos y Tuan
  10. La geografía en la era digital: SIG, teledetección y big data
  11. Diferenciador: el debate Schaefer–Hartshorne y el giro de la revolución cuantitativa
  12. Aplicación didáctica y relación con el currículo (Secundaria, Comunitat Valenciana)
  13. Conclusión
  14. Bibliografía y referencias legislativas
  15. Orientaciones para el estudio

1. INTRODUCCIÓN

Pocas preguntas resultan a la vez tan elementales y tan escurridizas como esta: ¿qué es el espacio geográfico y qué distingue a la geografía de las demás ciencias que también se ocupan de él? El geólogo, el economista, el ecólogo o el historiador trabajan con el territorio, pero ninguno lo interroga del modo en que lo hace el geógrafo. Comprender esa mirada específica —cómo se ha construido, cómo ha cambiado y en qué consiste hoy— no es una cuestión ornamental para quien aspira a una plaza del Cuerpo de Profesores de Enseñanza Secundaria en la especialidad de Geografía e Historia: es la primera condición para enseñar geografía con sentido y para defender ante un tribunal que la materia posee un objeto propio, un método riguroso y una función formativa irremplazable en la educación de la ciudadanía.

Este tema reúne dos grandes cuestiones estrechamente ligadas. La primera es de naturaleza epistemológica: en qué consiste el espacio geográfico, por qué se define la geografía como ciencia de síntesis entre lo físico (physis) y lo humano (anthropos), y qué conceptos vertebran su análisis —lugar, territorio, paisaje, región, escala—. La segunda es de naturaleza historiográfica: cómo ha evolucionado el pensamiento geográfico desde la Antigüedad clásica hasta las corrientes contemporáneas, en un debate no lineal donde cada escuela ha reaccionado contra la anterior. Determinismo y posibilismo, geografía regional y geografía teorética, geografía radical y humanística, giro cultural y giro digital: cada uno de estos pares define una concepción distinta del espacio y, con ella, una forma distinta de hacer y de enseñar geografía.

El planteamiento que sigue combina tres miradas. La epistemológica, que pregunta por el objeto y el método de la disciplina. La historiográfica, que recorre las corrientes del pensamiento geográfico en su sucesión y en su contraposición. Y la didáctica y normativa, que sitúa este debate en el marco legal vigente en la Comunitat Valenciana —LOMLOE (LO 3/2020), Real Decreto 217/2022 para la ESO, Real Decreto 243/2022 para el Bachillerato, Decreto 107/2022 y Decreto 108/2022, de 5 de agosto, del Consell— y en las decisiones concretas que el profesorado toma cuando enseña a leer un mapa, a interpretar un paisaje o a pensar espacialmente los grandes retos del mundo actual.

2. EL CONCEPTO DE ESPACIO GEOGRÁFICO: LA GEOGRAFÍA COMO CIENCIA DE SÍNTESIS

El término geografía procede del griego geo (tierra) y graphein (describir), y en su acuñación clásica designaba, en efecto, la descripción de la Tierra. Esa raíz descriptiva, sin embargo, ha quedado muy atrás. La geografía contemporánea no describe la superficie terrestre, sino que explica e interpreta cómo las sociedades humanas producen, organizan, perciben y transforman el espacio en el que viven. Su objeto de estudio no es el espacio euclidiano, abstracto y homogéneo del matemático, sino el espacio geográfico: aquella porción de la superficie terrestre organizada por las sociedades humanas en interacción con el medio natural.

De esta definición se sigue el rasgo epistemológico más característico de la disciplina: la geografía es una ciencia de síntesis o ciencia puente. Se sitúa en la frontera entre las ciencias de la naturaleza y las ciencias sociales, y su vocación consiste precisamente en relacionar lo que otras ciencias separan. Frente a la clima­tología, la geomorfología, la demografía o la economía —que aíslan un componente para estudiarlo en profundidad—, la geografía se pregunta cómo esos componentes se combinan en un lugar concreto para producir una realidad territorial singular. Por eso suele hablarse de la tensión entre la physis (el sustrato físico: relieve, clima, aguas, suelos, vegetación) y el anthropos (la acción humana: población, poblamiento, actividades económicas, poder, cultura). El espacio geográfico es el producto de esa interacción permanente, y su análisis exige una mirada capaz de integrar ambas dimensiones sin reducir una a la otra.

Esta doble naturaleza ha sido también la fuente del principal debate interno de la disciplina, el llamado dualismo geográfico: ¿es la geografía una sola ciencia o dos (física y humana) débilmente unidas por el objeto común? La respuesta mayoritaria, sostenida desde Humboldt hasta hoy, es que la unidad de la geografía reside no en un objeto exclusivo —pues comparte casi todos sus objetos con otras ciencias— sino en un punto de vista propio: el enfoque espacial, corológico o territorial. Lo que hace geográfico un problema no es qué se estudia, sino cómo se estudia: desde la localización, la distribución, la relación y la organización en el espacio.

La tradición geográfica ha condensado ese modo de mirar en un conjunto de principios metodológicos que conservan validez pedagógica: el de localización (Ratzel), que sitúa todo fenómeno en un lugar preciso mediante coordenadas o cartografía; el de descripción, que caracteriza con rigor los hechos observados; el de comparación (Ritter, Vidal de la Blache), que contrasta lugares y regiones; el de conexión o relación causal (Vidal), que busca las relaciones entre fenómenos físicos y humanos; el de actividad o evolución (Jean Brunhes), que recuerda que el espacio es dinámico; y el de generalidad o extensión, que aspira a inscribir el caso local en regularidades más amplias. Estos principios no son reliquias eruditas: siguen ordenando el trabajo del geógrafo y estructuran, adaptados, la enseñanza escolar de la materia.

3. CONCEPTOS CLAVE DEL ANÁLISIS GEOGRÁFICO: LUGAR, TERRITORIO, PAISAJE, REGIÓN Y ESCALA

El espacio geográfico no se piensa con una sola categoría, sino con una familia de conceptos que iluminan distintas facetas de la realidad territorial. Dominarlos con precisión es imprescindible, porque cada corriente del pensamiento geográfico ha privilegiado uno u otro y los ha cargado de significados diferentes.

El lugar designa una porción del espacio dotada de identidad y de significado para quienes lo habitan. Es la categoría de la experiencia vivida, del arraigo, de la escala próxima y cotidiana. La geografía humanística lo convertirá en concepto central: frente al espacio abstracto y mensurable, el lugar es el espacio cargado de valores, memoria y emociones. El territorio introduce, en cambio, la dimensión del poder y la apropiación: es el espacio delimitado, gestionado y controlado por un grupo humano o por una institución política. Todo territorio implica límites, soberanía, identidad colectiva y proyecto; de ahí que sea concepto nuclear en geografía política y en ordenación del territorio.

El paisaje es la dimensión perceptible y visible del espacio geográfico, la fisonomía que resulta de la interacción entre los elementos naturales y la acción humana acumulada a lo largo del tiempo. La geografía distingue tradicionalmente entre paisajes naturales y humanizados o culturales, aunque hoy se subraya que apenas existen paisajes sin huella antrópica. El Convenio Europeo del Paisaje (Consejo de Europa, Florencia, 2000) lo define como «cualquier parte del territorio tal como la percibe la población, cuyo carácter sea el resultado de la acción y la interacción de factores naturales y/o humanos», definición que integra de manera ejemplar el componente físico, el humano y el perceptivo.

La región es la categoría con la que la geografía ha delimitado y clasificado el espacio en unidades coherentes. Una región es una porción del espacio con rasgos de homogeneidad interna que la individualizan frente a las contiguas. La geografía clásica distinguió las regiones naturales, definidas por criterios físicos; el posibilismo francés desarrolló la región geográfica o pays, unidad de vida donde naturaleza y sociedad se funden; y la geografía cuantitativa introdujo las regiones funcionales o nodales, articuladas por flujos en torno a un centro. La región ha sido, según las épocas, el objeto por excelencia de la geografía (paradigma regional) o el blanco de sus críticas (revolución cuantitativa).

Finalmente, la escala es el concepto transversal que atraviesa todo análisis geográfico. En sentido cartográfico, es la relación entre las distancias del mapa y las reales; en sentido conceptual, es el nivel de aproximación —local, regional, nacional, global— desde el que se observa un fenómeno. La escala no es neutra: cambiarla transforma lo que se ve y lo que se explica. Un problema que parece local (la contaminación de un río) se revela global cuando se amplía la escala (el cambio climático), y a la inversa. El pensamiento a distintas escalas y el juego entre ellas —lo que la didáctica actual llama pensamiento multiescalar— constituye una de las destrezas geográficas más valiosas y una de las más difíciles de enseñar. A estas categorías se añaden conceptos operativos como localización, distribución espacial, red, flujo y sistema territorial, que completan el instrumental analítico de la disciplina.

4. ANTECEDENTES: DE LA GEOGRAFÍA CLÁSICA A LA INSTITUCIONALIZACIÓN DECIMONÓNICA

El pensamiento geográfico hunde sus raíces en la Antigüedad, cuando el saber sobre la Tierra se bifurcó en dos grandes tradiciones que aún hoy pueden reconocerse. La primera es la corográfica o descriptiva, orientada a describir países y pueblos, cuya figura mayor es Estrabón (c. 64 a.C.–24 d.C.), autor de una monumental Geographica en diecisiete libros que reúne el saber del mundo helenístico. La segunda es la matemática o cartográfica, preocupada por la forma y las dimensiones de la Tierra y por su representación, que culmina en Claudio Ptolomeo (c. 100–170 d.C.): su Geographia sistematizó el uso de coordenadas de latitud y longitud, propuso métodos de proyección y fijó una imagen del mundo que, transmitida por la ciencia árabe y recuperada en el Renacimiento, condicionó la cartografía europea durante más de un milenio. Antes que ellos, Eratóstenes de Cirene (s. III a.C.) había medido con notable exactitud la circunferencia terrestre, y los geógrafos árabes medievales —Al-Idrisi, Ibn Battuta— mantuvieron viva la tradición durante el eclipse europeo.

La geografía moderna, entendida como disciplina científica autónoma, no cristaliza sin embargo hasta el siglo XIX, y lo hace de la mano de dos figuras alemanas contemporáneas a las que se reconoce como padres fundadores: Alexander von Humboldt (1769-1859) y Carl Ritter (1779-1859). Humboldt, sabio universal y viajero incansable —su expedición a la América equinoccial entre 1799 y 1804 es legendaria—, encarna la vocación integradora y naturalista de la disciplina. En su obra monumental Kosmos (1845-1862) aspiró a ofrecer una descripción física del universo entendido como un todo interconectado, y sentó las bases de la geografía física moderna, de la biogeografía y del método comparado basado en la observación empírica y la medición. Ritter, primer catedrático de geografía en la Universidad de Berlín, orientó la disciplina hacia lo humano: su vasta Erdkunde (Geografía, publicada desde 1817) concibió la Tierra como el «hogar del hombre» y buscó las relaciones teleológicas entre los pueblos y sus territorios, anticipando la geografía humana y regional.

De estos dos fundadores arrancan las grandes tradiciones que el resto del tema desarrollará. De Humboldt procede la vocación naturalista, comparativa y sintética; de Ritter, la atención a la relación entre sociedad y medio y el enfoque regional. Que ambos murieran en el mismo año, 1859 —el mismo en que Darwin publicó El origen de las especies—, marca simbólicamente el fin de la etapa fundacional y la apertura de la geografía a las grandes corrientes doctrinales que se disputarían el siglo siguiente, la primera de las cuales, el determinismo, se nutriría precisamente del evolucionismo darwiniano.

5. EL DETERMINISMO AMBIENTAL: RATZEL Y LA ESCUELA ALEMANA

La primera gran corriente doctrinal de la geografía moderna es el determinismo ambiental o determinismo geográfico, cuya formulación más influyente se debe al geógrafo alemán Friedrich Ratzel (1844-1904). Formado inicialmente como naturalista y profundamente marcado por el darwinismo, Ratzel trasladó al estudio de las sociedades humanas los esquemas de la biología evolutiva. Su tesis central, expuesta en la Anthropogeographie (dos volúmenes, 1882 y 1891) y en la Politische Geographie (1897), sostiene que el medio físico condiciona de manera decisiva el desarrollo de las sociedades: el clima, el relieve, la disponibilidad de recursos o la posición determinarían el carácter, la cultura, la economía e incluso el destino político de los pueblos.

En este marco Ratzel elaboró conceptos de enorme repercusión posterior. Concibió el Estado como un organismo vivo que nace, crece y muere, y que necesita expandirse para sobrevivir; de ahí su noción más célebre y más problemática, el Lebensraum o espacio vital: el territorio que un pueblo necesita para desarrollarse plenamente. Ratzel dotaba así de aparente fundamento científico a la idea de que el crecimiento de un Estado requiere la conquista de nuevos territorios. La deriva ideológica de este concepto sería trágica: la geopolítica alemana de entreguerras, y muy en particular Karl Haushofer, lo reelaboraron hasta convertirlo en coartada pseudocientífica del expansionismo nazi, lo que arrojó un descrédito duradero sobre toda la geografía política determinista.

El determinismo tuvo notable proyección internacional. En los Estados Unidos, la geógrafa Ellen Churchill Semple, discípula de Ratzel, difundió sus tesis en Influences of Geographic Environment (1911), y Ellsworth Huntington llevó el ambientalismo a su extremo en Civilization and Climate (1915), donde atribuía el progreso de las civilizaciones a la benignidad del clima templado. Estas formulaciones, hoy insostenibles y no exentas de sesgos etnocéntricos y racistas, tuvieron sin embargo el mérito histórico de plantear con fuerza el problema de la relación entre sociedad y medio, que sigue siendo central para la geografía. La crítica al determinismo no negaría esa relación, sino la unidireccionalidad y el carácter mecánico con que el determinismo la concebía. De esa crítica nacería, en Francia, la corriente contrapuesta.

6. EL POSIBILISMO: VIDAL DE LA BLACHE Y LA ESCUELA FRANCESA

Frente al determinismo alemán se alzó, a finales del siglo XIX y comienzos del XX, la escuela geográfica francesa, fundada por Paul Vidal de la Blache (1845-1918) y conocida por la doctrina que sostiene: el posibilismo. Vidal invirtió los términos de la relación ratzeliana. El medio, sostuvo, no impone comportamientos: ofrece posibilidades entre las cuales las sociedades eligen en función de su cultura, su técnica, su historia y sus tradiciones. La naturaleza propone; el hombre dispone. El propio término «posibilismo» fue acuñado más tarde por el historiador Lucien Febvre, aliado de los geógrafos en la escuela de los Annales, en su obra La Terre et l'évolution humaine (1922), donde resumió la doctrina en una fórmula memorable: «no hay necesidades, sino posibilidades».

El pensamiento vidaliano se articula en torno a varios conceptos fecundos. El de medio o milieu, entendido no como fuerza determinante sino como marco de relaciones. El de género de vida (genre de vie), quizá su aportación más original: el conjunto coherente de técnicas, hábitos y formas de aprovechar el medio que un grupo humano ha ido decantando históricamente y que caracteriza su relación con el territorio (el pastor de montaña, el campesino de la llanura, el pescador del litoral). Y el de región entendida como pays, unidad de vida donde la naturaleza y la acción secular del hombre se han fundido hasta producir una personalidad geográfica reconocible. Su obra maestra, el Tableau de la géographie de la France (1903), concebido como introducción a la gran Histoire de France de Ernest Lavisse, es el modelo canónico de esta geografía regional descriptiva y de síntesis. Póstumamente se publicaron sus Principes de géographie humaine (1922), que fijaron los fundamentos de la nueva geografía humana.

La escuela vidaliana dominó la geografía académica durante medio siglo y formó una brillante generación de discípulos: Jean Brunhes, autor de La Géographie humaine (1910) y sistematizador de sus principios; Albert Demangeon, especialista en geografía rural y agraria; Emmanuel de Martonne, gran geógrafo físico; o Raoul Blanchard, maestro de la geografía regional alpina. El posibilismo consolidó el paradigma regional como el núcleo de la disciplina: el objetivo del geógrafo sería identificar, delimitar y describir regiones, aprehendiendo la individualidad de cada porción del espacio. Esta concepción, humanista y literaria, generosa en su atención al detalle y a la síntesis, sería también, andando el tiempo, el blanco predilecto de la crítica cuantitativa, que le reprocharía su carácter descriptivo, subjetivo y poco explicativo. Antes, sin embargo, la geografía regional recibiría su formulación teórica más rigurosa en el mundo germánico y anglosajón.

7. LA GEOGRAFÍA REGIONAL: HETTNER Y HARTSHORNE

Aunque el posibilismo francés fue la expresión más brillante del paradigma regional, su fundamentación teórica más sólida procede del geógrafo alemán Alfred Hettner (1859-1941). Hettner definió la geografía como corología (del griego chora, región): la ciencia que estudia la diferenciación del espacio terrestre, es decir, cómo y por qué las distintas porciones de la superficie de la Tierra difieren unas de otras. Del mismo modo que la historia es la ciencia del tiempo (organiza el conocimiento cronológicamente) y las ciencias sistemáticas son las de las cosas (organizan el conocimiento por categorías), la geografía sería, según Hettner, la ciencia del espacio: organiza el conocimiento corológicamente, por regiones. Esta concepción, expuesta en Die Geographie: ihre Geschichte, ihr Wesen und ihre Methoden (1927), otorgaba a la disciplina un estatuto epistemológico singular y le asignaba un lugar propio en el sistema de las ciencias.

La formulación de Hettner fue recogida, difundida y llevada a su máxima expresión por el geógrafo estadounidense Richard Hartshorne (1899-1992) en una obra que marcó época: The Nature of Geography (1939). Hartshorne definió la geografía como el estudio de la diferenciación areal (areal differentiation) de la superficie terrestre, esto es, del carácter variable de las áreas y de la combinación singular de elementos que hace de cada región un conjunto único. Insistió en el carácter idiográfico de la disciplina: la geografía se ocupa de lo particular, de lo singular, de la individualidad de cada región, y no de la formulación de leyes generales, que sería tarea de las ciencias sistemáticas o nomotéticas. La geografía regional era, así, el corazón y la culminación del quehacer geográfico.

Esta concepción idiográfica y regional constituyó la ortodoxia dominante en la geografía académica anglosajona y europea hasta bien entrados los años cincuenta. Tenía la fortaleza de reivindicar la vocación sintética de la disciplina, pero arrastraba dos debilidades que sus críticos no tardarían en señalar: su carácter esencialmente descriptivo —describir regiones no es explicarlas—, y su renuncia programática a la generalización y a la capacidad predictiva, que la alejaba del modelo de cientificidad triunfante en la posguerra. La reacción contra Hartshorne, protagonizada por Fred Schaefer, abriría la transformación más radical que ha conocido la disciplina: la revolución cuantitativa.

8. LA REVOLUCIÓN CUANTITATIVA Y LA GEOGRAFÍA TEORÉTICA

A partir de los años cincuenta, y con particular intensidad en los sesenta, la geografía experimentó un vuelco epistemológico que sus protagonistas denominaron revolución cuantitativa y que dio lugar a la llamada geografía teorética o teórica. Su fundamento filosófico fue el neopositivismo o positivismo lógico del Círculo de Viena, con su ideal de una ciencia unificada basada en la formulación de leyes, la cuantificación, la modelización y la contrastación empírica de hipótesis. Aplicado a la geografía, este ideal exigía abandonar la descripción regional idiográfica y buscar, en su lugar, regularidades espaciales susceptibles de expresarse en leyes y modelos: la geografía debía convertirse en una ciencia nomotética del espacio.

El manifiesto fundacional fue el artículo de Fred K. Schaefer «Exceptionalism in Geography: A Methodological Examination», publicado en 1953 en los Annals of the Association of American Geographers, en el que se atacaba frontalmente la concepción hartshorniana (el apartado siguiente analiza en detalle este debate). A partir de ahí, la nueva geografía se organizó en focos innovadores —la Universidad de Washington en Seattle, con William Garrison y sus discípulos; Lund, en Suecia, con Torsten Hägerstrand; y Cambridge, en el Reino Unido— y se dotó de un instrumental teórico y matemático inédito. Se recuperaron los clásicos de la teoría de la localización: Johann Heinrich von Thünen y su modelo del Estado aislado sobre la localización agraria (1826); Alfred Weber y la localización industrial; y, sobre todo, Walter Christaller, cuya teoría de los lugares centrales (Die zentralen Orte in Süddeutschland, 1933) explicaba la jerarquía, el tamaño y la distribución de los núcleos urbanos mediante principios geométricos de mercado, transporte y administración, complementada después por August Lösch.

Sobre esas bases, la geografía cuantitativa produjo obras de referencia como Theoretical Geography (1962) de William Bunge, y Locational Analysis in Human Geography (1965) de Peter Haggett, que ofreció una síntesis brillante del análisis locacional en términos de movimientos, redes, nodos, jerarquías y superficies. Brian Berry aplicó el análisis factorial a las ciudades; Torsten Hägerstrand modelizó la difusión espacial de innovaciones y fundó la geografía del tiempo (time geography); y proliferaron los modelos gravitatorios, los índices de concentración y los análisis de redes. El espacio geográfico se concebía ahora como espacio abstracto, isótropo y mensurable, donde la distancia era la variable explicativa por excelencia. La geografía se volvía espacial en sentido estricto: su objeto no eran ya las regiones singulares, sino las leyes y modelos de la organización espacial.

La revolución cuantitativa transformó profundamente la disciplina: la dotó de rigor metodológico, de vocación explicativa y predictiva, de conexión con la planificación territorial y de un lenguaje común con las demás ciencias sociales. Pero suscitó pronto sus propias críticas: se le reprochó haber sacrificado la riqueza de lo concreto al ideal de objetividad, haber reducido el espacio humano a geometría y distancia física —ignorando el poder, la desigualdad y el significado— y haber cultivado una neutralidad éticamente insostenible en un mundo atravesado por conflictos. De esas críticas, unas de signo social y otras cultural y subjetivo, nacerían las corrientes contemporáneas.

9. LAS GEOGRAFÍAS CRÍTICAS Y HUMANÍSTICAS: HARVEY, SANTOS Y TUAN

A finales de los años sesenta y durante los setenta, en el clima de contestación social de la época —la guerra de Vietnam, los movimientos por los derechos civiles, el Mayo del 68, la conciencia de las desigualdades Norte-Sur—, la geografía cuantitativa fue sometida a una doble impugnación que dio origen a dos grandes corrientes complementarias: la geografía radical o crítica y la geografía humanística.

La geografía radical, de inspiración predominantemente marxista, denunció que la geografía cuantitativa, bajo su apariencia de neutralidad científica, era en realidad funcional al sistema capitalista y ciega ante las desigualdades espaciales que este produce. Su figura mayor es el geógrafo británico David Harvey, cuya trayectoria personal ejemplifica el propio giro de la disciplina: tras firmar en 1969 uno de los manuales cumbre de la geografía cuantitativa, Explanation in Geography, publicó en 1973 Social Justice and the City (Urbanismo y desigualdad social), obra que rompía con el positivismo y abrazaba el materialismo histórico para analizar la ciudad como producto de las relaciones sociales de producción y de la lógica de acumulación del capital. Harvey desarrollaría después una influyente teoría de la producción social del espacio y de los procesos de urbanización capitalista. Junto a él, la revista Antipode, fundada en 1969, y geógrafos como Richard Peet o William Bunge —cuya Detroit Geographical Expedition llevó la geografía a los barrios pobres— articularon esta corriente comprometida.

En el mundo iberoamericano, la aportación decisiva a la geografía crítica es la del brasileño Milton Santos (1926-2001), la voz más original de la geografía del Sur global. En obras como Por uma Geografia Nova (1978) y A Natureza do Espaço (1996), Santos concibió el espacio geográfico como un sistema indisociable de objetos y de acciones, una instancia social producida históricamente, y analizó con lucidez la desigual distribución de la técnica, la información y el poder en el mundo globalizado. Su noción de los circuitos superior e inferior de la economía urbana en los países subdesarrollados y su crítica de una globalización presentada como «fábula» son referencias imprescindibles. Santos, primer geógrafo del Tercer Mundo galardonado con el premio Vautrin Lud —el «Nobel de la geografía»— en 1994, demostró que la teoría geográfica podía pensarse también desde la periferia.

Paralelamente, la geografía humanística reaccionó contra el cuantitativismo desde el otro flanco: no el del poder y la desigualdad, sino el del significado y la experiencia. Inspirada en la fenomenología y en el existencialismo, reivindicó al ser humano como sujeto que percibe, siente y da sentido al espacio, frente al homo economicus racional y abstracto de los modelos. Su figura más leída es el geógrafo chino-estadounidense Yi-Fu Tuan, autor de Topophilia (1974) —donde acuña el concepto de topofilia como el lazo afectivo entre las personas y los lugares— y de Space and Place: The Perspective of Experience (1977), donde distingue con finura el espacio (abstracto, abierto, de la libertad y el movimiento) del lugar (concreto, cargado de valor, de seguridad y de arraigo). Junto a Tuan, Edward Relph (Place and Placelessness, 1976), Anne Buttimer y David Ley desarrollaron esta geografía del espacio vivido y percibido.

Estrechamente relacionada con la anterior, la geografía de la percepción y del comportamiento (behavioural geography) estudió cómo las personas construyen imágenes mentales del espacio y toman decisiones a partir de ellas. Su instrumento característico son los mapas mentales o mapas cognitivos, popularizados por The Image of the City (1960) de Kevin Lynch y por Mental Maps (1974) de Peter Gould y Rodney White. Esta corriente demostró que el espacio que guía la conducta humana no es el espacio objetivo del cartógrafo, sino el espacio percibido, deformado por la experiencia, la información y los valores de cada sujeto.

Finalmente, desde los años ochenta y noventa, la geografía se ha diversificado en un abanico de enfoques de aire posestructuralista agrupados bajo etiquetas como geografía posmoderna, giro cultural y geografía del género. Edward Soja, en Postmodern Geographies (1989), reivindicó la centralidad del espacio en la teoría social —el llamado giro espacial (spatial turn)—, y David Harvey, en The Condition of Postmodernity (1989), analizó la «compresión espacio-temporal» del capitalismo tardío. La geografía feminista y del género, con Doreen Massey (Space, Place and Gender, 1994) y Gillian Rose (Feminism and Geography, 1993), mostró que el espacio está atravesado por relaciones de género. Y la nueva geografía cultural, heredera del paisaje cultural de Carl Sauer y reformulada por Denis Cosgrove, analiza el espacio como texto y construcción simbólica cargada de significados e identidades.

10. LA GEOGRAFÍA EN LA ERA DIGITAL: SIG, TELEDETECCIÓN Y BIG DATA

La corriente más pujante de la geografía contemporánea no es propiamente una escuela de pensamiento, sino una revolución tecnológica y metodológica que ha transformado radicalmente tanto la investigación como la práctica profesional y la enseñanza de la disciplina: la geografía digital. Puede entenderse, en cierto modo, como una segunda revolución cuantitativa, potenciada ahora por una capacidad de cálculo, de captura y de representación de datos espaciales inimaginable en los años sesenta.

Su instrumento central son los Sistemas de Información Geográfica (SIG), cuya paternidad se atribuye al geógrafo británico-canadiense Roger Tomlinson, creador del Canada Geographic Information System a mediados de los años sesenta. Un SIG es un sistema informático capaz de capturar, almacenar, gestionar, analizar y representar información georreferenciada, es decir, vinculada a coordenadas espaciales. Los SIG han convertido el mapa, de imagen estática, en una base de datos dinámica y analítica organizada en capas superpuestas (relieve, hidrografía, usos del suelo, población, red viaria), sobre las que es posible realizar consultas, cruces, mediciones y modelizaciones complejas. Programas como ArcGIS o el software libre QGIS son hoy herramientas de trabajo cotidiano en la ordenación del territorio, la gestión ambiental, la planificación urbana o la prevención de riesgos.

A los SIG se suma la teledetección (remote sensing): la obtención de información de la superficie terrestre a distancia, mediante sensores instalados en satélites (los programas Landsat, o el europeo Copernicus con sus satélites Sentinel) o en aeronaves y drones. La teledetección proporciona imágenes multiespectrales que permiten vigilar la deforestación, medir la expansión urbana, seguir la evolución de los cultivos o evaluar catástrofes naturales casi en tiempo real. Junto a ella, los sistemas de posicionamiento global (GPS, y su equivalente europeo Galileo) han democratizado la localización precisa y la captura de datos sobre el terreno.

La frontera más reciente es la de la geografía del big data y la neogeografía. Los teléfonos inteligentes, las redes sociales geolocalizadas y los sensores del internet de las cosas generan un torrente continuo de datos espaciales masivos que permiten estudiar la movilidad y los flujos urbanos con un detalle sin precedentes. La información geográfica voluntaria (Volunteered Geographic Information), de la que OpenStreetMap es el ejemplo paradigmático, y la cartografía colaborativa han hecho del ciudadano no solo un consumidor, sino también un productor de información geográfica. Estas transformaciones plantean, además, serios debates —sobre la privacidad, la vigilancia, la brecha digital o los sesgos algorítmicos— que la geografía crítica aborda con especial atención. La geografía digital no ha sustituido a las corrientes anteriores: las atraviesa a todas y ofrece a cada una nuevas herramientas para plantear sus preguntas.

11. DIFERENCIADOR: EL DEBATE SCHAEFER–HARTSHORNE Y EL GIRO DE LA REVOLUCIÓN CUANTITATIVA

De todos los episodios de la historia del pensamiento geográfico, ninguno condensa con tanta claridad la naturaleza epistemológica de la disciplina como la polémica entre Fred Schaefer y Richard Hartshorne a comienzos de los años cincuenta. Dominarla con detalle permite mostrar ante el tribunal no solo erudición, sino comprensión profunda del debate que hizo de la geografía una ciencia moderna. Conviene reconstruirla en sus términos exactos.

El punto de partida es la ortodoxia hartshorniana. En The Nature of Geography (1939), Hartshorne había definido la geografía como el estudio de la diferenciación areal, una ciencia esencialmente idiográfica dedicada a describir la combinación singular de elementos que individualiza cada región. La geografía, sostenía, es excepcional entre las ciencias precisamente por su renuncia a las leyes generales: su tarea es aprehender lo único, no formular regularidades. Esta era la posición que consagraba el paradigma regional y que gozaba de autoridad casi indiscutida en la comunidad geográfica.

Contra ella lanzó Fred K. Schaefer su artículo «Exceptionalism in Geography: A Methodological Examination» (1953), publicado póstumamente pues su autor había fallecido ese mismo año. El texto, breve pero incendiario, denunciaba como un error metodológico —el «excepcionalismo»— la pretensión de que la geografía sea distinta del resto de las ciencias. Para Schaefer, no hay ciencia sin leyes: toda ciencia, incluida la geografía, debe aspirar a formular generalizaciones y enunciados nomotéticos. La geografía, en consecuencia, debía definirse como la ciencia que busca las leyes que gobiernan la distribución espacial de los fenómenos sobre la superficie terrestre. La descripción idiográfica de regiones singulares no era ciencia plena, sino su antesala. Schaefer situaba así el enfoque nomotético (búsqueda de leyes) frente al enfoque idiográfico (descripción de lo singular) como el verdadero horizonte de la disciplina.

La reacción de Hartshorne fue inmediata y contundente: en Perspective on the Nature of Geography (1959) defendió su posición y acusó a Schaefer de haber tergiversado sus tesis y las de Hettner. Pero, más allá de la disputa personal, el artículo de Schaefer había abierto una brecha por la que se precipitó toda una generación. Recogieron su bandera los jóvenes geógrafos de la Universidad de Washington en Seattle —el círculo de William Garrison, con discípulos como Brian Berry, William Bunge o Waldo Tobler, autor este último de la célebre «primera ley de la geografía»: todo está relacionado con todo lo demás, pero las cosas próximas están más relacionadas que las distantes—. De ese impulso nació la revolución cuantitativa que hemos descrito: la geografía teorética, los modelos locacionales, el análisis espacial y la concepción del espacio como magnitud abstracta y mensurable.

El alcance de este debate excede con mucho lo anecdótico, y por eso merece el lugar de apartado diferenciador. En primer lugar, porque plantea con crudeza la pregunta epistemológica fundamental de la geografía —y, en el fondo, de todas las ciencias sociales—: ¿debe la geografía buscar leyes generales (nomotética) o comprender individualidades (idiográfica)? En segundo lugar, porque la respuesta que se ha ido decantando no es la victoria de un bando sobre otro, sino una síntesis madura: la geografía contemporánea ha aprendido que necesita ambas miradas, la que generaliza y la que singulariza, la que explica mediante modelos y la que comprende mediante la interpretación del sentido. Las geografías críticas y humanísticas de los setenta fueron, precisamente, la recuperación de todo lo que la revolución cuantitativa había dejado fuera: el poder, el significado, el sujeto. En tercer lugar, porque este debate tiene una proyección didáctica directa: enseñar geografía es enseñar a la vez a manejar datos, mapas y modelos (dimensión analítica y cuantitativa) y a interpretar paisajes, lugares y territorios cargados de significado humano (dimensión comprensiva y crítica). Quien domina la polémica Schaefer–Hartshorne posee la clave para entender por qué la geografía es, todavía hoy, una disciplina en tensión creativa entre la ciencia y la interpretación, y por qué esa tensión, lejos de ser una debilidad, es su mayor riqueza.

12. APLICACIÓN DIDÁCTICA Y RELACIÓN CON EL CURRÍCULO (SECUNDARIA, COMUNITAT VALENCIANA)

Todo el recorrido epistemológico e historiográfico anterior no es un lujo académico, sino el fundamento sobre el que se asienta la enseñanza de la geografía en la Educación Secundaria. El marco normativo vigente en la Comunitat Valenciana está determinado por la Ley Orgánica 2/2006, de 3 de mayo, de Educación (LOE), modificada por la Ley Orgánica 3/2020, de 29 de diciembre (LOMLOE); desarrollada, en cuanto a enseñanzas mínimas, por el Real Decreto 217/2022, de 29 de marzo (ordenación y enseñanzas mínimas de la ESO) y el Real Decreto 243/2022, de 5 de abril (ordenación y enseñanzas mínimas del Bachillerato); y concretada en el ámbito autonómico por el Decreto 107/2022, de 5 de agosto, del Consell (currículo de la ESO) y el Decreto 108/2022, de 5 de agosto, del Consell (currículo del Bachillerato).

En la Educación Secundaria Obligatoria, la geografía se integra en la materia de Geografía e Historia, presente en los cuatro cursos. En 1º y 3º de la ESO los contenidos geográficos tienen un peso destacado (medio físico, población, poblamiento, actividades económicas, organización del territorio). En el Bachillerato, además de la presencia de contenidos espaciales en materias como Historia del Mundo Contemporáneo, la geografía alcanza su máxima entidad en la materia de Geografía de 2º curso (una Geografía de España), de fuerte tradición y notable exigencia. El modelo curricular LOMLOE se organiza en torno a las competencias clave del perfil de salida del alumnado, las competencias específicas de cada materia, los criterios de evaluación, los saberes básicos y las situaciones de aprendizaje.

La concepción del espacio geográfico y el pensamiento espacial vertebran las competencias específicas de Geografía e Historia. La materia se propone que el alumnado sepa localizar, analizar e interpretar el espacio a distintas escalas; que comprenda la interacción entre el ser humano y el medio —donde el viejo debate determinismo/posibilismo cobra plena vigencia al abordar los riesgos naturales, el cambio climático o la sostenibilidad—; y que desarrolle una conciencia ecosocial y un compromiso cívico ante los grandes retos del mundo actual. Los saberes básicos de la materia se articulan en bloques o vectores entre los que destaca el de «Sociedades y territorios», así como los relativos a los retos del mundo actual y a la conciencia ecosocial, todos ellos profundamente geográficos y directamente relacionados con las categorías —lugar, territorio, paisaje, región, escala— y con las corrientes estudiadas en este tema.

Desde el punto de vista metodológico y competencial, la enseñanza del espacio geográfico se despliega hoy a través de situaciones de aprendizaje contextualizadas que movilizan saberes para resolver retos reales o simulados. La didáctica geográfica actual privilegia el trabajo con fuentes cartográficas y estadísticas, la lectura e interpretación de paisajes, el análisis multiescalar y, muy señaladamente, la introducción de las tecnologías de la información geográfica en el aula: el uso de SIG educativos (como los visores libres, QGIS o los recursos del Instituto Geográfico Nacional y del Institut Cartogràfic Valencià), de cartografía digital (visores IDE, Google Earth), de la teledetección y de proyectos de cartografía colaborativa. Estas herramientas permiten que el alumnado no solo consuma mapas, sino que los produzca y los interrogue, desarrollando de manera activa el pensamiento espacial.

La conexión entre teoría geográfica y práctica docente es, pues, directa y fecunda. Cuando el profesorado propone analizar la desigual distribución de la riqueza en el mundo, está movilizando la sensibilidad de la geografía radical; cuando invita a describir el paisaje del entorno o a expresar el vínculo afectivo con el lugar propio, activa la geografía humanística y del paisaje; cuando enseña a manejar un SIG o a interpretar una imagen de satélite, introduce al alumnado en la geografía digital contemporánea; y cuando trabaja la interacción sociedad-medio ante el reto climático, revisita el debate fundacional entre determinismo y posibilismo. Enseñar geografía en la Secundaria valenciana es, en definitiva, poner a disposición del alumnado el conjunto de conceptos y de miradas que la disciplina ha ido decantando a lo largo de su historia, para que aprenda a pensar espacialmente el mundo en que vive y a comprometerse críticamente con sus retos.

13. CONCLUSIÓN

Recorrer la concepción del espacio geográfico y las corrientes del pensamiento geográfico —desde Estrabón y Ptolomeo hasta los Sistemas de Información Geográfica, pasando por Humboldt y Ritter, por el determinismo de Ratzel y el posibilismo de Vidal, por la revolución cuantitativa y por las geografías crítica, humanística, cultural y digital— no es un ejercicio de erudición prescindible, sino la base sobre la que se sostiene la identidad profesional del docente de Geografía e Historia. Cada corriente ha aportado una concepción del espacio y una forma de interrogarlo que hoy siguen operando, a menudo sin que el profesorado lo advierta, en su manera de programar, de explicar y de evaluar.

De ese largo debate emerge una convicción central: el espacio geográfico no es un dato, sino una construcción social e histórica, y la geografía es la ciencia que aprende a leerlo integrando lo físico y lo humano, lo general y lo singular, lo mensurable y lo vivido. La tensión que atraviesa toda la historia de la disciplina —entre explicar y comprender, entre la ley y el lugar, ejemplarmente condensada en la polémica Schaefer–Hartshorne— no es un defecto que subsanar, sino la fuente misma de su riqueza y de su vigencia. Una geografía que solo cuantificara perdería el sentido; una que solo describiera perdería el rigor.

Trasladar esa riqueza al aula de la Secundaria valenciana, en el marco de la LOMLOE y de los Decretos 107/2022 y 108/2022 del Consell, significa formar a un alumnado capaz de pensar espacialmente: de localizar y relacionar fenómenos a distintas escalas, de interpretar paisajes y territorios, de manejar la cartografía y las tecnologías geográficas digitales, y de comprometerse de manera crítica y responsable con los grandes retos de un mundo globalizado —la desigualdad, la sostenibilidad, el cambio climático—. Quien domine con solvencia la concepción del espacio y las corrientes del pensamiento geográfico dispondrá no solo de un tema bien preparado para el tribunal, sino de la brújula intelectual que necesita para enseñar geografía con hondura, con criterio y con sentido.

14. BIBLIOGRAFÍA Y REFERENCIAS LEGISLATIVAS

Normativa y legislación

  1. Ley Orgánica 2/2006, de 3 de mayo, de Educación (LOE). BOE núm. 106, de 4 de mayo de 2006.
  2. Ley Orgánica 3/2020, de 29 de diciembre, por la que se modifica la Ley Orgánica 2/2006, de 3 de mayo, de Educación (LOMLOE). BOE núm. 340, de 30 de diciembre de 2020.
  3. Real Decreto 217/2022, de 29 de marzo, por el que se establece la ordenación y las enseñanzas mínimas de la Educación Secundaria Obligatoria. BOE núm. 76, de 30 de marzo de 2022.
  4. Real Decreto 243/2022, de 5 de abril, por el que se establecen la ordenación y las enseñanzas mínimas del Bachillerato. BOE núm. 82, de 6 de abril de 2022.
  5. Decreto 107/2022, de 5 de agosto, del Consell, de ordenación y currículo de la etapa de Educación Secundaria Obligatoria. DOGV núm. 9403, de 11 de agosto de 2022.
  6. Decreto 108/2022, de 5 de agosto, del Consell, de ordenación y currículo de la etapa de Bachillerato. DOGV núm. 9403, de 11 de agosto de 2022.
  7. Convenio Europeo del Paisaje. Consejo de Europa, Florencia, 20 de octubre de 2000. Ratificado por España en el BOE núm. 31, de 5 de febrero de 2008.

Referencias bibliográficas

  1. Capel, H. (1981). Filosofía y ciencia en la Geografía contemporánea. Una introducción a la Geografía. Barcanova.
  2. Ortega Valcárcel, J. (2000). Los horizontes de la geografía. Teoría de la geografía. Ariel.
  3. Gómez Mendoza, J., Muñoz Jiménez, J. y Ortega Cantero, N. (1982). El pensamiento geográfico. Estudio interpretativo y antología de textos (de Humboldt a las tendencias radicales). Alianza Editorial.
  4. Vidal de la Blache, P. (1903). Tableau de la géographie de la France. Hachette.
  5. Ratzel, F. (1882-1891). Anthropogeographie (2 vols.). J. Engelhorn.
  6. Harvey, D. (1973). Social Justice and the City. Edward Arnold. (Ed. cast.: Urbanismo y desigualdad social, Siglo XXI, 1977).
  7. Santos, M. (1996). A Natureza do Espaço: Técnica e Tempo, Razão e Emoção. Hucitec. (Ed. cast.: La naturaleza del espacio, Ariel, 2000).
  8. Tuan, Yi-Fu (1974). Topophilia: A Study of Environmental Perception, Attitudes and Values. Prentice Hall. (Ed. cast.: Topofilia, Melusina, 2007).
  9. Hartshorne, R. (1939). The Nature of Geography: A Critical Survey of Current Thought in the Light of the Past. Association of American Geographers.
  10. Haggett, P. (1965). Locational Analysis in Human Geography. Edward Arnold. (Ed. cast.: Análisis locacional en la Geografía humana, Gustavo Gili, 1976).
  11. Unwin, T. (1992). The Place of Geography. Longman. (Ed. cast.: El lugar de la geografía, Cátedra, 1995).
  12. Vilà Valentí, J. (1983). Introducción al estudio teórico de la Geografía. Ariel.

15. ORIENTACIONES PARA EL ESTUDIO

  1. Fija primero el esqueleto conceptual (qué es el espacio geográfico, geografía como ciencia de síntesis, physis/anthropos, los cinco conceptos clave) antes de memorizar autores. Sin ese armazón, las corrientes se convierten en una lista inconexa de nombres que el tribunal detecta enseguida.
  2. Estudia las corrientes por pares contrapuestos: determinismo (Ratzel) frente a posibilismo (Vidal), idiográfico (Hartshorne) frente a nomotético (Schaefer), cuantitativo frente a crítico y humanístico. Pensar en oposiciones fija las ideas y da estructura al discurso oral.
  3. Asocia sin falta cada corriente con su autor, su obra clave y su fecha: Ratzel–Anthropogeographie (1882); Vidal–Tableau de la géographie de la France (1903); Hartshorne–The Nature of Geography (1939); Schaefer–«Exceptionalism in Geography» (1953); Harvey–Social Justice and the City (1973); Tuan–Topophilia (1974); Santos–A Natureza do Espaço (1996). Una cita precisa vale por diez paráfrasis.
  4. Domina el diferenciador —la polémica Schaefer–Hartshorne— hasta poder exponerlo con soltura en tres minutos. Es el apartado que distingue una exposición notable de una excelente, porque muestra comprensión epistemológica y no mera acumulación de datos.
  5. No descuides la geografía digital (SIG, teledetección, big data, Copernicus, VGI): es la corriente «actual» que el enunciado del tema pide expresamente, y muchos opositores la despachan en dos líneas. Prepara ejemplos concretos y conéctala con su uso en el aula.
  6. Ancla siempre la aplicación didáctica en la normativa exacta de la Comunitat Valenciana: LOMLOE, RD 217/2022 (ESO), RD 243/2022 (Bachillerato) y Decretos 107/2022 y 108/2022 del Consell. Menciona la materia de Geografía e Historia en la ESO, la Geografía de 2º de Bachillerato y el bloque de saberes «Sociedades y territorios».
  7. Prepara un par de ejemplos valencianos y de escala próxima (interpretación del paisaje de la huerta o del litoral, riesgos como la gota fría/DANA, uso del Institut Cartogràfic Valencià) para ilustrar la aplicación didáctica: la concreción territorial cercana siempre suma ante un tribunal autonómico.
  8. Ensaya la exposición en voz alta cronometrada. Con unas 6.000 palabras el desarrollo oral ronda los 45 minutos: practica comprimiendo los apartados 5, 6 y 7 (las corrientes clásicas) para reservar tiempo al diferenciador y a la aplicación didáctica, que son los que más puntúan.

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