TEMA 1. CARACTERÍSTICAS GENERALES DEL NIÑO Y LA NIÑA HASTA LOS SEIS AÑOS. PRINCIPALES FACTORES QUE INTERVIENEN EN SU DESARROLLO. ETAPAS Y MOMENTOS MÁS SIGNIFICATIVOS. EL DESARROLLO INFANTIL EN EL PRIMER AÑO DE VIDA. EL PAPEL DE LOS ADULTOS
ÍNDICE
- Introducción
- La etapa 0-6: marco legal, concepto, finalidad y organización curricular
- Características generales del desarrollo infantil hasta los seis años
- Principales factores que intervienen en el desarrollo
- Etapas y momentos más significativos del desarrollo
- El desarrollo infantil en el primer año de vida
- El papel de los adultos en el desarrollo del niño y la niña
- La ventana de los 1.000 días y la atención educativa temprana
- Conclusión
- Bibliografía y referencias legislativas
1. INTRODUCCIÓN
Conocer cómo es un niño o una niña de cero a seis años no es un punto de partida cualquiera dentro del temario de educación infantil: es, literalmente, el punto de partida de toda la profesión. Antes de hablar de objetivos, de currículo o de metodología, el o la docente necesita una imagen precisa del sujeto al que se dirige su intervención, porque la primera infancia no es una versión en miniatura de la edad adulta, sino una etapa con leyes, ritmos y necesidades propias. Comprender esas características y esos factores es lo que permite, después, tomar decisiones educativas con sentido y justificarlas con solvencia ante un tribunal de oposiciones.
Este tema reúne cuatro grandes preguntas que cualquier maestra o maestro de educación infantil debe ser capaz de responder con rigor. ¿Qué rasgos comparten todos los niños y niñas hasta los seis años? ¿Qué factores hacen que cada criatura concreta se desarrolle de una forma única dentro de esos rasgos comunes? ¿Existen realmente etapas o el desarrollo es un continuo sin saltos cualitativos? ¿Y qué hace que el primer año de vida ocupe un lugar tan especial en la literatura científica y en las políticas públicas de infancia? A ellas se añade una pregunta pedagógica que cierra el círculo: ¿cuál es el papel del adulto, y muy especialmente del o de la docente, en este proceso?
El planteamiento adoptado en estas páginas combina tres miradas complementarias. La mirada científica, que aporta el conocimiento sobre el desarrollo físico, cognitivo, lingüístico, afectivo y social acumulado por la psicología evolutiva desde Piaget, Vygotsky o Wallon hasta la neurociencia educativa contemporánea. La mirada curricular, que sitúa ese conocimiento dentro de una etapa con identidad propia, organizada en dos ciclos y estructurada en tres áreas globalizadoras. Y, por último, una mirada práctica y didáctica, atenta a los ejemplos cotidianos del aula, porque sin esa conexión con la realidad de las escuelas el discurso teórico se queda mudo.
2. LA ETAPA 0-6: MARCO LEGAL, CONCEPTO, FINALIDAD Y ORGANIZACIÓN CURRICULAR
Antes de describir cómo se desarrollan los niños y las niñas conviene situar la etapa que los acoge: la mirada del docente no es solo psicológica, sino profesional. La educación infantil atiende a los niños y niñas desde el nacimiento hasta los seis años, tiene carácter voluntario y se organiza en dos ciclos: el primero de cero a tres años y el segundo de tres a seis. La idea decisiva es que ambos ciclos tienen idéntica intencionalidad educativa: el primer ciclo no es una guardería ni un servicio de conciliación, sino un tramo escolar cuyo carácter educativo se plasma en una propuesta pedagógica elaborada por el equipo. Su finalidad es contribuir al desarrollo integral y armónico —físico, motor, afectivo, social, cognitivo y comunicativo— y a la construcción progresiva de la autonomía personal.
Esa concepción de la etapa no es solo pedagógica: está escrita en la norma, y en Andalucía se lee en cuatro escalones encajados. En el plano estatal, la Ley Orgánica 2/2006, de 3 de mayo, de Educación, modificada por la Ley Orgánica 3/2020, de 29 de diciembre, ordena la educación infantil como etapa educativa única de cero a seis años organizada en dos ciclos, y el Real Decreto 95/2022, de 1 de febrero, por el que se establece la ordenación y las enseñanzas mínimas de la Educación Infantil, reconoce por primera vez carácter plenamente educativo —y no asistencial— al ciclo de cero a tres años y fija los fines, los principios pedagógicos y las tres áreas. En el plano autonómico, la Ley 17/2007, de 10 de diciembre, de Educación de Andalucía es la norma de cabecera del sistema educativo andaluz, y el Decreto 100/2023, de 9 de mayo, por el que se establece la ordenación y el currículo de la etapa de Educación Infantil en la Comunidad Autónoma de Andalucía —desarrollado por la Orden de 30 de mayo de 2023 de Educación Infantil— es la norma de cabecera de la especialidad.
El reparto de papeles entre esas dos últimas conviene tenerlo claro, porque se pregunta. El Decreto 100/2023 fija el armazón: los dos ciclos, el primero hasta los tres años y el segundo de tres a seis (art. 2); los objetivos y los principios pedagógicos; las tres áreas, comunes a ambos ciclos y entendidas como ámbitos de experiencia intrínsecamente relacionados (art. 8.2); la evaluación global, continua y formativa, sin calificaciones y basada en la observación directa y sistemática (art. 11); la atención a la diversidad desde el Diseño Universal para el Aprendizaje y la acción tutorial. Su Anexo aporta la novedad estructural propiamente andaluza: el Perfil Competencial del alumnado al término de la etapa. La Orden de 30 de mayo de 2023 baja al detalle: su Anexo I contiene el currículo real de las tres áreas —competencias específicas, criterios de evaluación y saberes básicos por ciclo—, su Anexo III las orientaciones para diseñar situaciones de aprendizaje y su Anexo V los documentos de evaluación. Ambas se aplican desde el curso 2023/2024 y sustituyeron al modelo anterior, el del Decreto 428/2008.
A ese marco curricular se suma el de los centros, que en Andalucía es distinto según el ciclo. Los que imparten el primero se rigen por el Decreto 76/2025, de 5 de marzo, por el que se regulan los centros que imparten el primer ciclo de Educación infantil en la Comunidad Autónoma de Andalucía, que derogó al Decreto 149/2009 y fija las ratios por unidad —uno por cada ocho niños en el primer curso, uno por cada trece en el segundo y uno por cada veinte en el tercero (art. 13)—, los requisitos de personal, el calendario y el horario. El segundo ciclo se rige por el Decreto 328/2010, de 13 de julio, reglamento orgánico de las escuelas infantiles de segundo ciclo y de los colegios, cuyo artículo 28 encomienda a los equipos de ciclo la elaboración de las propuestas pedagógicas, que aprueba el Claustro. Conviene saber, además, que el Decreto 483/2026, de 31 de agosto, y la Orden de 31 de agosto de 2026 han reescrito buena parte de ese reglamento y de la orden que lo desarrolla —plan de centro, proyecto educativo, autoevaluación, órganos de coordinación, tutoría y horario del profesorado—, de modo que cualquier temario redactado antes de septiembre de 2026 está desfasado en esos puntos.
Esta concepción recoge un consenso internacional. La Unión Europea fijó en los Objetivos de Barcelona (2002) metas de escolarización temprana —al menos el 33 % de los menores de tres años y el 90 % de los niños y niñas desde los tres años hasta el inicio de la escolarización obligatoria—, revisadas al alza dos décadas después. La OCDE, en su serie Starting Strong, ha documentado que la calidad de esta etapa depende menos de los materiales que de la calidad de las interacciones entre el adulto y la criatura. La UNESCO la situó como prioridad global en la Conferencia Mundial de Tashkent (2022), y el ODS 4 de la Agenda 2030 reclama en su meta 4.2 el acceso universal a servicios de desarrollo en la primera infancia y a una educación preescolar de calidad.
Sobre esa base se levanta el armazón curricular de la etapa. El currículo se organiza en tres áreas de carácter globalizador —Crecimiento en Armonía, Descubrimiento y Exploración del Entorno y Comunicación y Representación de la Realidad—, que no son asignaturas, sino ámbitos de experiencia que se abordan de manera conjunta. Cada área despliega competencias específicas, criterios de evaluación y saberes básicos, y se concreta en situaciones de aprendizaje: propuestas contextualizadas que integran varios ámbitos del desarrollo a la vez. Los principios pedagógicos de la etapa son el enfoque globalizador, el juego como motor del aprendizaje, la actividad y la experiencia directa, el aprendizaje significativo, la organización intencionada de espacios, tiempos y materiales, el cuidado del periodo de adaptación, la cooperación con las familias y el Diseño Universal para el Aprendizaje (DUA) como criterio de accesibilidad. La evaluación es global, continua y formativa, y su instrumento privilegiado es la observación directa y sistemática, registrada en diarios, escalas u otra documentación pedagógica.
Conceptualmente, hablar del niño o de la niña de cero a seis años exige distinguir cuatro términos que a menudo se confunden. El crecimiento designa los cambios cuantitativos, observables y medibles —talla, peso, perímetro craneal—, que se siguen mediante percentiles y curvas de referencia de la Organización Mundial de la Salud. El desarrollo abarca los cambios cualitativos en la conducta, los procesos psicológicos y las capacidades, y describe por tanto la transformación del bebé recién nacido en el niño o niña de seis años que llega a primaria. La maduración es el proceso biológico interno, de calendario en gran medida genético, que marca cuándo una adquisición se vuelve posible; el aprendizaje, el cambio producido por la interacción con el medio; y la socialización, la incorporación a la cultura del grupo. Solo con este vocabulario claro se puede argumentar por qué una intervención es o no pertinente en un momento dado.
Figura 1. Crecimiento, desarrollo y los tres procesos que los explican.
Por último, la Convención sobre los Derechos del Niño (Naciones Unidas, 1989) sitúa al niño como sujeto de derechos y no como mero objeto de protección. Ese giro es la base ética de todo lo demás y debe presidir las decisiones cotidianas del aula: el interés superior del menor, el derecho a ser escuchado y a que su opinión se tenga en cuenta —artículo 12— y el derecho al juego son tan vinculantes como la protección o la educación. Trabajar con criaturas pequeñas significa, en este marco, trabajar con personas, no con futuras personas.
3. CARACTERÍSTICAS GENERALES DEL DESARROLLO INFANTIL HASTA LOS SEIS AÑOS
Las características generales del niño y la niña de cero a seis años pueden agruparse en cinco ámbitos que, aunque se analicen por separado, en la práctica se entrelazan continuamente. El primer ámbito es el desarrollo físico y psicomotor. En estos años el cuerpo del niño cambia más que en cualquier otra etapa posterior: el sistema nervioso central completa una parte sustancial de la mielinización, el control postural progresa desde la posición fetal hasta la marcha bípeda y la motricidad fina permite, hacia los seis años, dibujar la figura humana con detalle y manejar las tijeras o el lápiz. El progreso sigue dos leyes de la maduración nerviosa: la cefalocaudal y la proximodistal. La psicomotricidad no es un añadido al desarrollo, sino el vehículo a través del cual el cuerpo se convierte en herramienta de conocimiento del mundo.
El segundo ámbito es el desarrollo cognitivo. Siguiendo el modelo clásico de Jean Piaget, los niños y niñas de esta etapa atraviesan dos grandes estadios: el sensoriomotor (0-2 años), en el que el conocimiento se construye por la acción directa sobre los objetos, y el preoperacional (2-6/7 años), marcado por la función simbólica, el egocentrismo y el razonamiento intuitivo más que lógico. Las aportaciones más recientes de la psicología cognitiva han corregido a Piaget en aspectos concretos: hoy sabemos que ya los bebés de unos pocos meses tienen nociones rudimentarias de permanencia del objeto, de causalidad o de cantidad, lo que Elizabeth Spelke ha denominado conocimiento nuclear (core knowledge). Un bebé de ocho meses se sorprende si un objeto desaparece sin causa visible: su mente ya construye expectativas sobre el mundo físico.
El tercer ámbito es el desarrollo del lenguaje y la comunicación. En seis años el niño pasa del llanto reflejo a una conversación fluida con cientos de palabras y sintaxis compleja. Las grandes etapas pueden resumirse así: etapa prelingüística (0-12 meses, con gritos, balbuceos, vocalizaciones y protoconversaciones); etapa holofrástica (12-18 meses, una palabra cumple la función de una frase: «agua» para pedir, mostrar o protestar); habla telegráfica (18-24 meses, frases de dos elementos del tipo «mamá agua»); explosión del vocabulario (2-3 años, varias palabras nuevas al día, gramática básica y sobrerregularizaciones como «he ponido»); y consolidación (3-6 años, donde el discurso narrativo se vuelve coherente y permite contar lo vivido o imaginar lo no vivido). Conviene recordar que comunicación y lenguaje no son lo mismo: el niño comunica desde el primer minuto a través de la mirada, el llanto, la postura o la sonrisa social.
El cuarto ámbito es el desarrollo afectivo y emocional, que sigue una doble línea. Por un lado, la construcción del vínculo de apego, descrito por John Bowlby y operativizado por Mary Ainsworth a través de la situación extraña, que cristaliza en el primer año y es la base de seguridad desde la que el niño se atreve a explorar; de ahí derivan los patrones seguro, evitativo, ambivalente y desorganizado. Por otro, la progresiva diferenciación de las emociones, que pasan de las primarias (alegría, miedo, ira, sorpresa, tristeza, asco) a las secundarias (vergüenza, culpa, orgullo, celos), emergentes desde el segundo año y vinculadas a la conciencia del yo. Un bebé de cuatro meses ya regula la mirada para mantener o cortar la interacción con el adulto: la regulación emocional comienza muy pronto, aunque su perfeccionamiento abarque toda la infancia.
Por último, el desarrollo social, indisociable de los anteriores. La socialización primaria se produce en la familia y, cada vez con mayor protagonismo, en la escuela infantil. El niño pasa del juego solitario al paralelo y, hacia los cinco años, al cooperativo, fase en la que aparecen reglas elementales compartidas, primeras amistades estables y conflictos resueltos con mediación adulta. Una característica transversal a los cinco ámbitos es la globalidad: en la primera infancia un niño que aprende a saltar también aprende a confiar en sí mismo, a coordinarse con otros, a expresar entusiasmo y a contar lo que ha hecho. Por eso el currículo de la etapa rechaza la fragmentación en asignaturas y se organiza en áreas globalizadoras y situaciones de aprendizaje que integran varios ámbitos a la vez. Ese enfoque globalizador no es una preferencia metodológica del centro, sino un principio pedagógico normativo: lo establece el artículo 9 del Real Decreto 95/2022 y lo recoge el Decreto 100/2023, que presenta las tres áreas como ámbitos de experiencia intrínsecamente relacionados y exige propuestas globalizadas.
Figura 2. Los cinco ámbitos del desarrollo y el principio de globalidad.
4. PRINCIPALES FACTORES QUE INTERVIENEN EN EL DESARROLLO
Si todos los niños y niñas hasta los seis años comparten ciertas características generales, ¿por qué cada criatura concreta se desarrolla de un modo único? La respuesta está en los factores que intervienen en el proceso, agrupados tradicionalmente en dos bloques. Los factores internos o endógenos incluyen la dotación genética, el funcionamiento neurobiológico, el estado de salud y el temperamento individual. Los factores externos o exógenos abarcan todo lo que rodea al niño: la familia, la escuela, el grupo de iguales, el barrio, la cultura y el conjunto de servicios sociales y sanitarios disponibles. Lo importante es que ambos bloques no actúan por separado: el desarrollo es siempre resultado de su interacción.
Figura 3. Factores endógenos y exógenos: el desarrollo como interacción.
Entre los endógenos, la herencia genética establece el margen de posibilidades en el que el desarrollo se despliega. Determina la altura potencial, el color de los ojos, ciertas predisposiciones a enfermedades o la velocidad madurativa de algunos sistemas. Esa herencia se concreta a través de la maduración, cuyo calendario es en gran medida común a la especie: ningún bebé andará antes de que su sistema nervioso haya alcanzado un determinado grado de mielinización. Otro factor endógeno clave es el temperamento, conjunto de rasgos disposicionales que aparecen muy pronto y que Alexander Thomas y Stella Chess agruparon en tres perfiles clásicos: niños fáciles, difíciles y de lentitud al calentamiento. Su noción de bondad de ajuste —el encaje entre el estilo del niño y las expectativas del entorno— es muy útil en el aula: conocer el temperamento evita atribuir a mala voluntad lo que es solo un estilo de respuesta.
Entre los factores exógenos, la familia es el primer y más decisivo agente. No tanto por su composición (extensa, nuclear, monoparental, reconstituida, homoparental, adoptiva, de acogida...), sino por la calidad de las relaciones que establece con la criatura. Los estilos educativos parentales descritos por Diana Baumrind y revisados por Eleanor Maccoby y John Martin (autoritario, permisivo, democrático y negligente) tienen efectos diferenciados sobre el desarrollo socioemocional infantil. Un estilo democrático, que combina afecto cálido y exigencia razonable, favorece la autoestima, la autonomía y la competencia social. La aportación de Urie Bronfenbrenner mediante su modelo ecológico amplía esta mirada al situar al niño en el centro de círculos concéntricos —microsistema, mesosistema, exosistema, macrosistema y cronosistema— que se influyen mutuamente.
Figura 4. El modelo ecológico de Bronfenbrenner.
La escuela infantil, segundo gran agente externo, influye desde edades muy tempranas a medida que se extiende la escolarización del primer ciclo, pero su efecto depende de la calidad: los estudios longitudinales más relevantes, como el británico EPPE (Effective Provision of Pre-school Education) dirigido por Kathy Sylva, muestran que los efectos positivos se concentran en centros con profesorado bien formado, ratio contenida, estabilidad de las figuras de referencia e interacciones ricas y sostenidas —el sustained shared thinking o pensamiento compartido y sostenido—. Esa calidad de proceso es la que miden escalas como ITERS, ECERS o CLASS. Por su parte, el grupo de iguales empieza a influir hacia los tres años: en el contacto con otros niños se aprende a esperar el turno, a defender el punto de vista propio, a negociar y a colaborar.
Otros factores exógenos que el o la docente no debe perder de vista son los medios de comunicación y la tecnología (con un papel creciente y problemático cuando se introducen demasiado pronto o sin mediación adulta), la cultura en la que el niño está inmerso (que define qué se considera adecuado y qué se transmite de manera implícita) y, de manera transversal, el nivel socioeconómico de la familia, que en investigaciones como las del economista James Heckman se ha mostrado como un predictor potente, aunque no determinista, del éxito educativo posterior. Comprender su influencia no significa rendirse al determinismo social, al contrario: justifica una oferta pública de educación temprana de calidad y acceso universal para compensar las desigualdades de partida. Esa es la lógica de equidad que recorre la Ley 17/2007, de 10 de diciembre, de Educación de Andalucía, y que en el primer ciclo se traduce en la gratuidad del servicio de atención socioeducativa para el alumnado de dos años y en las bonificaciones según renta que regula el Decreto 76/2025.
5. ETAPAS Y MOMENTOS MÁS SIGNIFICATIVOS DEL DESARROLLO
Una pregunta clásica de la psicología evolutiva es si el desarrollo procede por etapas cualitativamente diferenciadas o es un proceso continuo de cambios graduales. La respuesta más útil para el docente es que ambas miradas son compatibles: hay líneas de crecimiento continuo (vocabulario, fuerza muscular, memoria) y momentos de reorganización cualitativa en los que el niño da un salto y empieza a hacer cosas que antes no podía. A esos momentos los llamamos etapas o, cuando son especialmente sensibles, periodos críticos o sensibles.
La distinción entre periodo crítico y periodo sensible, propuesta en etología por Konrad Lorenz y rescatada por la neurociencia, merece una aclaración. Un periodo crítico es una ventana temporal cerrada fuera de la cual una determinada adquisición ya no podrá realizarse con normalidad; los ejemplos clásicos son la visión binocular o la impronta de los patitos. Un periodo sensible, en cambio, es una ventana en la que el aprendizaje resulta especialmente eficaz, pero que permite cierta plasticidad posterior; el desarrollo del lenguaje oral, por ejemplo, es enormemente sensible en los primeros años pero no se cierra abruptamente. La distinción es crucial en la etapa: no aprovechar los periodos sensibles del lenguaje, del juego simbólico o del control emocional no cierra ventanas para siempre, pero sí pierde oportunidades difíciles de recuperar.
Para ordenar las etapas podemos seguir la propuesta de Piaget, complementada con las aportaciones afectivas de Wallon y de Erikson. El estadio sensoriomotor (0-2 años) se subdivide en seis subestadios en los que el bebé construye la permanencia del objeto, la causalidad y la representación mental. Hacia los 18-24 meses aparece la función simbólica, que permite usar significantes para representar significados ausentes: un plátano se convierte en teléfono, una caja en cueva, una muñeca en bebé. La aparición del símbolo es probablemente el momento más significativo de toda la primera infancia, porque abre la puerta al juego simbólico, al dibujo intencional, al lenguaje pleno y, más tarde, al pensamiento abstracto.
El estadio preoperacional (2-6/7 años) tiene a su vez dos grandes momentos. Entre los 2 y los 4 años predomina el llamado pensamiento simbólico o prelógico, caracterizado por el egocentrismo intelectual (dificultad para distinguir el propio punto de vista del de los demás), por el animismo (atribuir intenciones a objetos inanimados) y por el artificialismo (creer que los fenómenos naturales son obra humana). Entre los 4 y los 6/7 años aparece el pensamiento intuitivo, ya más afinado, capaz de centrarse en una dimensión de un problema pero todavía con dificultades para coordinar varias a la vez —la famosa tarea de la conservación con los vasos altos y anchos lo ilustra—. En el plano afectivo, Erik Erikson sitúa en esta franja sus tres primeros estadios psicosociales: confianza frente a desconfianza básica (0-1), autonomía frente a vergüenza y duda (1-3) e iniciativa frente a culpa (3-6).
Figura 5. Los estadios de Piaget en la etapa 0-6.
Otros momentos especialmente significativos que el o la docente debe conocer son la sonrisa social (a partir de las 6-8 semanas, dirigida al rostro humano), la angustia de separación (hacia los 8-9 meses, prueba de que el vínculo de apego está consolidado), los primeros pasos (entre los 12 y los 15 meses), la etapa del «no» (entre los 18 meses y los 3 años, expresión de la afirmación del yo y no de un capricho), la adquisición del control de esfínteres (entre los 18 meses y los 3 años, dependiente más de la maduración que del entrenamiento), el acceso al «yo» lingüístico (sobre los 2 años, cuando deja de hablar de sí mismo en tercera persona) y la teoría de la mente (en torno a los 4 años, cuando comprende que los demás pueden tener creencias distintas de las propias, como muestra la tarea de las falsas creencias de Wimmer y Perner).
6. EL DESARROLLO INFANTIL EN EL PRIMER AÑO DE VIDA
El primer año de vida ocupa un lugar destacado en el temario porque en él se ponen las bases de todo lo demás: durante los doce primeros meses el cerebro alcanza aproximadamente el 75 % del peso adulto y se establecen miles de conexiones sinápticas cada segundo, en un proceso que la neurociencia ha llamado exuberancia sináptica. Esa plasticidad explica por qué los aciertos del entorno y sus carencias se inscriben con tanta fuerza en el desarrollo.
A nivel físico, el bebé multiplica su peso por tres (de unos 3 kg al nacer a 9-10 kg al año) y crece unos 25 cm. Más allá de las cifras, lo significativo es la transformación funcional. El recién nacido está dotado de reflejos innatos —succión, prensión palmar, Moro, marcha automática, búsqueda— que irán desapareciendo o transformándose a medida que la corteza cerebral toma el control; su simetría y su desaparición en plazo son un indicador clínico de primer orden. Hacia los 4-6 meses el bebé controla la cabeza y comienza a manipular objetos con intención; entre los 6 y los 9 meses se sienta sin apoyo; entre los 9 y los 12 gatea, se pone de pie agarrado a los muebles y camina de la mano. La conquista de la postura erguida y de los primeros pasos, en torno al primer cumpleaños, transforma radicalmente su perspectiva del mundo.
A nivel cognitivo, según el modelo de Piaget, durante el primer año el bebé recorre los cuatro primeros subestadios del estadio sensoriomotor. Empieza con los reflejos innatos, pasa por las reacciones circulares primarias (sobre el propio cuerpo: chuparse el puño), avanza hacia las secundarias (sobre los objetos: agitar el sonajero para que siga sonando) y llega a la coordinación de esquemas secundarios (varios esquemas para un fin: apartar un cojín para alcanzar un juguete). Hacia los 8-9 meses adquiere una primera forma de permanencia del objeto: si un objeto se esconde delante de sus ojos, lo busca activamente. Es decisiva: la realidad sigue existiendo aunque no se vea, base de la representación mental.
A nivel comunicativo y lingüístico, el primer año va del llanto reflejo a la palabra. Hacia los 2-3 meses aparecen las primeras vocalizaciones intencionales y la sonrisa social. Entre los 4 y los 6 meses surge el balbuceo (combinaciones de consonante y vocal: «ba», «ma», «pa») y las primeras protoconversaciones, en las que ya se respetan turnos sin contenido verbal. A partir de los 9-10 meses el balbuceo se afina y se parece a la lengua del entorno; aparecen los gestos protodeclarativos (señalar para compartir la atención) y los protoimperativos (señalar para pedir). En torno al primer año emergen las primeras palabras con significado estable, referidas casi siempre a personas, objetos o acciones cotidianas («mamá», «agua», «más»).
Figura 6. Principales hitos del primer año de vida.
A nivel afectivo y social, el primer año es el periodo de formación del vínculo de apego, que Bowlby y Ainsworth describen en cuatro fases sucesivas. Las dos primeras (preapego y formación del apego) ocurren en los primeros meses, cuando el bebé acepta el cuidado de diversas figuras adultas. La tercera (apego propiamente dicho) aparece hacia los 6-8 meses y se manifiesta en dos fenómenos clave: la angustia de separación —llanto cuando la figura de apego se aleja— y el miedo al extraño —rechazo o cautela ante personas desconocidas—. Conviene presentarlas a las familias no como un problema, sino como un logro: el bebé ya ha construido un vínculo selectivo. La cuarta fase, hacia el segundo año, es la formación de una relación recíproca, en la que el niño empieza a comprender que la figura de apego también tiene intenciones propias.
Figura 7. Las cuatro fases del apego (Bowlby y Ainsworth).
Las implicaciones educativas son enormes, tanto si trabajamos con bebés en el primer ciclo como si recibimos en el aula de tres años a niños cuyo primer año ya quedó atrás. Necesitamos crear entornos físicamente seguros y emocionalmente cálidos; respetar los ritmos individuales de sueño, alimentación y actividad; ofrecer experiencias sensoriales ricas pero no saturadas; sostener figuras de referencia estables; cuidar el periodo de adaptación con entrada escalonada y flexible; y trabajar codo con codo con las familias, primer agente educativo. La atención al primer año no es un lujo: es una de las inversiones sociales y educativas más rentables que se conocen. Varias de esas condiciones están además normadas en Andalucía: el periodo de adaptación, con horario flexible acordado por el Consejo Escolar y nunca general para todo el alumnado, lo regula el artículo 30 del Decreto 76/2025, que fija también la permanencia máxima diaria del alumnado y las ratios por unidad de las que depende, en la práctica, la estabilidad de las figuras de referencia.
7. EL PAPEL DE LOS ADULTOS EN EL DESARROLLO DEL NIÑO Y LA NIÑA
Si toda la teoría anterior describe cómo es un niño o una niña de cero a seis años y cómo cambia, queda una última pregunta esencial: ¿qué hacen los adultos para que ese cambio se produzca en la mejor dirección posible? La respuesta atraviesa todo el temario, pero conviene formularla ya en el primer tema, porque define el sentido último de la profesión.
El papel del adulto se ejerce, en primer lugar, como figura de apego seguro. Hablamos de la madre, del padre y de las figuras de referencia familiares, pero también de la maestra o el maestro de educación infantil, especialmente en el primer ciclo. Su función esencial es ofrecer una base segura desde la que explorar el mundo y un refugio seguro al que regresar cuando la exploración resulta excesiva. Para que esa base sea efectiva, su conducta debe cumplir cuatro requisitos bien documentados por la teoría del apego: disponibilidad (estar accesible cuando el niño lo necesita), sensibilidad (leer correctamente sus señales), respuesta contingente (responder con prontitud y de manera ajustada) y consistencia (responder de modo previsible para que el niño pueda construir expectativas).
En segundo lugar, el adulto es mediador del aprendizaje, en el sentido que Vygotsky atribuye al término. Su intervención permite al niño avanzar en su Zona de Desarrollo Próximo (ZDP): el espacio entre lo que puede hacer solo y lo que puede hacer con ayuda. El concepto vygotskiano fue completado por Jerome Bruner mediante la noción de andamiaje (scaffolding): el adulto presta una ayuda graduada y temporal que permite al niño asumir progresivamente la tarea. Un ejemplo: cuando un niño de cuatro años no logra meter el brazo de su muñeco en la manga, la maestra sostiene la prenda en el ángulo correcto sin hacer el trabajo por él; la próxima vez podrá solo. La diferencia entre andamiar y sustituir está en el corazón de la profesionalidad docente.
Figura 8. La Zona de Desarrollo Próximo y el andamiaje (Vygotsky y Bruner).
En tercer lugar, el adulto cumple una función socializadora. Es a través de él como el niño se incorpora a la cultura, aprende qué se hace y qué no, qué se dice y qué se calla, qué se valora y qué se rechaza. Esa socialización se produce sobre todo de manera implícita, en lo que los teóricos llaman currículo oculto: cómo se habla a los niños, cómo se reparte el espacio, cuántas veces se interrumpe a una niña o se elogia a un niño, cómo se gestionan los conflictos del aula. La coherencia entre el discurso explícito y la acción cotidiana es el aprendizaje más profundo que el adulto transmite. Por eso la formación ética y reflexiva del profesorado es tan importante como su formación técnica.
En cuarto lugar, el adulto prepara y organiza el ambiente para que el desarrollo se despliegue. Es lo que María Montessori llamó ambiente preparado, lo que Loris Malaguzzi denominó el tercer educador —el espacio del aula, en Reggio Emilia— y lo que el currículo recoge bajo el principio de la organización de espacios, tiempos y materiales: rincones, talleres, ambientes, patios de aprendizaje y rutinas previsibles. Decisiones pequeñas (la altura de un espejo, la accesibilidad de los materiales, la luz natural, el ruido, el ritmo de la jornada) son educativas. Un buen ambiente educa por sí mismo, mientras el adulto observa, acompaña y propone. La observación atenta y registrada —cuadernos, diarios, escalas, documentación pedagógica— es la herramienta evaluadora privilegiada de la etapa.
Por último, el adulto debe trabajar en coordinación con las familias y con el resto del equipo educativo. La primera infancia no la cría una persona sola, sino una red. Comunicación fluida, transparencia en las decisiones pedagógicas, escucha activa, respeto por sus pautas culturales y educativas (siempre que no vulneren derechos fundamentales del menor) y reconocimiento de la familia como primer agente educativo son condiciones imprescindibles. Dentro del centro, además, el trabajo en equipo entre maestras, educadoras, personal de apoyo y otros profesionales —orientación, atención temprana, servicios sociales— asegura coherencia y continuidad. Ese trabajo tiene soporte normativo: la acción tutorial y la relación con las familias las regulan el capítulo V del Decreto 100/2023 y la Orden de 30 de mayo de 2023, mientras que las funciones de la tutoría y de los órganos de coordinación docente del segundo ciclo están en los artículos 78 a 90 del Decreto 328/2010, hoy en la redacción que les ha dado el Decreto 483/2026.
8. LA VENTANA DE LOS 1.000 DÍAS Y LA ATENCIÓN EDUCATIVA TEMPRANA
Uno de los conceptos que más fuerza ha tomado en la última década, en la literatura científica y en las políticas públicas, es el de los «primeros 1.000 días»: de la concepción a los dos años. Esta noción, formalizada en el marco Nurturing Care Framework publicado por la Organización Mundial de la Salud, UNICEF y el Banco Mundial en 2018, sostiene que las experiencias de cuidado durante esa ventana producen efectos duraderos sobre el desarrollo cerebral, la salud, el aprendizaje y el bienestar de toda la vida. El marco identifica cinco componentes interdependientes del cuidado cariñoso y sensible: buena salud, nutrición adecuada, seguridad y protección, cuidado receptivo y oportunidades de aprendizaje temprano.
Sus bases neurobiológicas proceden en buena parte del Center on the Developing Child de la Universidad de Harvard, dirigido por el pediatra Jack P. Shonkoff. Sus trabajos han popularizado la arquitectura cerebral, las interacciones de «serve and return» (servir y devolver), que describen el intercambio sensible adulto-bebé como motor del desarrollo, y el impacto del estrés tóxico —adversidad prolongada sin un adulto que ejerza de amortiguador— sobre el desarrollo cerebral y socioemocional. Como ha defendido el economista James Heckman, cada euro invertido en intervenciones tempranas de alta calidad produce retornos sociales y económicos muy superiores a los obtenidos en etapas posteriores.
Esta ventana explica el peso creciente de la atención temprana, entendida —siguiendo el Libro Blanco de la Atención Temprana (2000), elaborado por el Grupo de Atención Temprana (GAT) para el Real Patronato sobre Discapacidad— como el conjunto de intervenciones dirigidas a la población infantil de 0 a 6 años, a la familia y al entorno, para dar respuesta a las necesidades transitorias o permanentes de los niños con trastornos del desarrollo o riesgo de padecerlos. Actúa en tres niveles: prevención primaria (evitar la aparición del problema), secundaria (detectarlo cuanto antes) y terciaria (minimizar sus consecuencias). La presta el equipo de atención temprana de zona, interdisciplinar —psicología, logopedia, fisioterapia, pedagogía, trabajo social—, que valora, elabora el plan de intervención y acompaña a la familia. En Andalucía este ámbito tiene norma propia y con rango de ley: la Ley 1/2023, de 16 de febrero, por la que se regula la atención temprana en la Comunidad Autónoma de Andalucía, que derogó al Decreto 85/2016, define la atención temprana como el conjunto de intervenciones dirigidas a menores de seis años, a su familia y a su entorno, y sustituye las antiguas Unidades de Atención Infantil Temprana por las Unidades de Seguimiento y Neurodesarrollo, integradas en Atención Primaria y responsables de la valoración inicial y de la derivación, mientras el tratamiento se presta en los centros de atención infantil temprana (CAIT).
La escuela infantil es un contexto privilegiado de detección: el o la docente ve al niño cada día, en actividad, y puede comparar su evolución con la de un grupo de la misma edad. Las señales de alerta se leen sobre secuencias evolutivas conocidas y se contrastan con instrumentos de cribado como la tabla Haizea-Llevant, el Denver-II, el ASQ-3 o el M-CHAT-R/F para el riesgo de autismo. Ante una sospecha el procedimiento es siempre el mismo: observar y registrar con datos objetivos, hablar con la familia sin diagnosticar, derivar a través del equipo de orientación educativa y psicopedagógica de sector o del equipo de atención temprana y coordinarse después con la pediatría de atención primaria y con los servicios sociales si concurren factores de riesgo social. Esa coordinación entre escuela, sanidad y servicios sociales sigue siendo el reto pendiente. El procedimiento andaluz está escrito: las Instrucciones de 8 de marzo de 2017, de la Dirección General de Participación y Equidad, actualizan el protocolo de detección e identificación del alumnado con necesidades específicas de apoyo educativo y ordenan en su apartado 2 la detección durante el primer ciclo de Educación Infantil mediante el programa de señales de alerta en el desarrollo; la evaluación psicopedagógica y, en su caso, el dictamen de escolarización corresponden a los equipos de orientación educativa regulados por el Decreto 213/1995, de 12 de septiembre, dentro del marco de escolarización del Decreto 147/2002, de 14 de mayo.
Para el o la docente todo esto tiene una implicación clara: trabaja dentro de la ventana de oportunidad más sensible de toda la trayectoria educativa de una persona. Eso obliga a una doble exigencia, ética y técnica: cuidar la calidad de las interacciones cotidianas —sensibles, respetuosas, ajustadas— y reivindicar las condiciones materiales (ratios, formación, estabilidad de las plantillas) que la hacen posible. El planteamiento conecta con los temas de principios de intervención educativa, programación del primer ciclo y relación con las familias.
9. CONCLUSIÓN
Conocer las características generales del niño y la niña de cero a seis años, los factores que intervienen en su desarrollo, las etapas y los momentos significativos, la singularidad del primer año de vida y el papel decisivo de los adultos no es un ejercicio académico: es la base sobre la que se sostiene toda la intervención docente posterior. Cada uno de los grandes ámbitos recorridos —físico, cognitivo, lingüístico, afectivo y social— se manifiesta de forma integrada en la conducta del niño y exige del o de la docente una mirada global, respetuosa con los ritmos individuales y, al mismo tiempo, profesionalmente fundamentada en la psicología evolutiva, en el currículo de la etapa y en los marcos internacionales que han hecho del cuidado temprano un derecho.
La educación infantil del siglo XXI ya no es una etapa preparatoria de la primaria, sino una etapa con identidad propia, con dos ciclos de idéntica intencionalidad educativa y con repercusiones que se proyectan sobre la vida entera. Trabajar con criaturas pequeñas significa asumir simultáneamente una responsabilidad técnica de altísimo nivel y una vocación humana de acompañamiento. Quien comprenda esto y sepa traducirlo en decisiones cotidianas —cómo recibe al niño cada mañana, cómo organiza el material, cómo conversa con las familias, cómo registra lo observado— estará haciendo, mucho más allá de lo que el calendario escolar señala, una contribución silenciosa pero decisiva al futuro de cada una de las personas que pasan por su aula.
BIBLIOGRAFÍA Y REFERENCIAS LEGISLATIVAS
Normativa
- Ley Orgánica 2/2006, de 3 de mayo, de Educación.
- Ley Orgánica 3/2020, de 29 de diciembre, por la que se modifica la Ley Orgánica 2/2006, de 3 de mayo, de Educación.
- Ley 17/2007, de 10 de diciembre, de Educación de Andalucía.
- Ley 1/2023, de 16 de febrero, por la que se regula la atención temprana en la Comunidad Autónoma de Andalucía.
- Real Decreto 95/2022, de 1 de febrero, por el que se establece la ordenación y las enseñanzas mínimas de la Educación Infantil.
- Decreto 213/1995, de 12 de septiembre, por el que se regulan los equipos de orientación educativa.
- DECRETO 147/2002, de 14 de mayo, por el que se establece la ordenación de la atención educativa a los alumnos y alumnas con necesidades educativas especiales asociadas a sus capacidades personales.
- Decreto 328/2010, de 13 de julio, por el que se aprueba el Reglamento Orgánico de las escuelas infantiles de segundo ciclo, de los colegios de educación primaria, de los colegios de educación infantil y primaria y de los centros públicos específicos de educación especial.
- Decreto 100/2023, de 9 de mayo, por el que se establece la ordenación y el currículo de la etapa de Educación Infantil en la Comunidad Autónoma de Andalucía.
- Decreto 76/2025, de 5 de marzo, por el que se regulan los centros que imparten el primer ciclo de Educación infantil en la Comunidad Autónoma de Andalucía.
- Decreto 483/2026, de 31 de agosto, por el que se adoptan medidas para la mejora del funcionamiento del sistema educativo y de la gestión de la actividad docente en la enseñanza no universitaria en Andalucía.
- Orden de 30 de mayo de 2023, por la que se desarrolla el currículo correspondiente a la etapa de Educación Infantil en la Comunidad Autónoma de Andalucía, se regulan determinados aspectos de la atención a la diversidad y a las diferencias individuales, se establece la ordenación de la evaluación del proceso de aprendizaje del alumnado y se determinan los procesos de tránsito entre ciclos y con Educación Primaria.
- Orden de 31 de agosto de 2026, por la que se establecen medidas para la mejora de la organización, el funcionamiento y la gestión del sistema educativo en las enseñanzas no universitarias de Andalucía.
- Instrucciones de 8 de marzo de 2017, de la Dirección General de Participación y Equidad, por las que se actualiza el protocolo de detección, identificación del alumnado con necesidades específicas de apoyo educativo y organización de la respuesta educativa.
Documentos e informes de referencia
- Grupo de Atención Temprana (2000). Libro Blanco de la Atención Temprana. Real Patronato sobre Discapacidad.
- Naciones Unidas (1989). Convención sobre los Derechos del Niño.
- OCDE (2021). Starting Strong VI. OECD Publishing.
- OMS, UNICEF y Banco Mundial (2018). Nurturing Care for Early Childhood Development.
- Shonkoff, J. P. y Phillips, D. A. (Eds.). (2000). From Neurons to Neighborhoods. National Academy Press.
- UNESCO (2022). Declaración de Tashkent sobre la atención y educación de la primera infancia.
Referencias bibliográficas
- Ainsworth, M. D. S. y otros (1978). Patterns of Attachment. Erlbaum.
- Baumrind, D. (1971). Current patterns of parental authority. Developmental Psychology, 4(1), 1-103.
- Bowlby, J. (1998). El apego y la pérdida. Vol. 1: El apego. Paidós.
- Bronfenbrenner, U. (1987). La ecología del desarrollo humano. Paidós.
- Bruner, J. (1984). Acción, pensamiento y lenguaje. Alianza Editorial.
- Erikson, E. H. (2000). El ciclo vital completado. Paidós.
- Heckman, J. J. (2006). Skill formation and the economics of investing in disadvantaged children. Science, 312, 1900-1902.
- Lorenz, K. (1986). Fundamentos de la etología. Paidós.
- Maccoby, E. E. y Martin, J. A. (1983). Socialization in the context of the family. En Handbook of Child Psychology (vol. 4). Wiley.
- Malaguzzi, L. (2001). La educación infantil en Reggio Emilia. Octaedro-Rosa Sensat.
- Montessori, M. (2003). El método de la pedagogía científica. Biblioteca Nueva.
- Palacios, J., Marchesi, Á. y Coll, C. (2017). Desarrollo psicológico y educación. Vol. 1. Alianza.
- Piaget, J. e Inhelder, B. (2015). Psicología del niño (ed. renovada). Morata.
- Spelke, E. S. y Kinzler, K. D. (2007). Core knowledge. Developmental Science, 10(1), 89-96.
- Sylva, K. y otros (2010). Early Childhood Matters. Routledge.
- Thomas, A. y Chess, S. (1977). Temperament and Development. Brunner/Mazel.
- Vygotsky, L. S. (2009). El desarrollo de los procesos psicológicos superiores. Crítica.
- Wallon, H. (1984). La evolución psicológica del niño. Crítica.
- Wimmer, H. y Perner, J. (1983). Beliefs about beliefs. Cognition, 13(1), 103-128.
ORIENTACIONES PARA EL ESTUDIO
- Empieza distinguiendo crecimiento, desarrollo, maduración, aprendizaje y socialización. Son treinta segundos que sitúan al tribunal en tu marco conceptual.
- Estudia los cinco ámbitos del desarrollo (físico-psicomotor, cognitivo, lingüístico, afectivo y social) como un cuadro con edades, no como una lista de nombres: el tribunal valora que digas «hacia los 8-9 meses» y no «más adelante».
- Ordena las etapas con Piaget y complétalas con Erikson (confianza, autonomía, iniciativa) y con Wallon. Ten preparada la matización crítica: el conocimiento nuclear de Spelke muestra que Piaget subestimó al bebé.
- Domina la diferencia entre periodo crítico y periodo sensible: es pregunta clásica y permite defender la intervención temprana sin caer en el determinismo de las «ventanas que se cierran».
- Del primer año memoriza las cifras y los hitos: el 75 % del peso cerebral adulto, el peso multiplicado por tres, los 25 cm, las cuatro fases del apego, la sonrisa social (6-8 semanas), la permanencia del objeto (8-9 meses) y la angustia de separación con el miedo al extraño (6-8 meses).
- En el papel del adulto no te quedes en el afecto: enumera los cuatro requisitos de la figura de apego (disponibilidad, sensibilidad, respuesta contingente, consistencia) y explica el andamiaje de Bruner con un ejemplo de aula: «la diferencia entre andamiar y sustituir» rinde mucho.
- Cierra con la ventana de los 1.000 días y con el protocolo de detección: observar y registrar, hablar con la familia sin diagnosticar, derivar y coordinarse con sanidad y servicios sociales. Es lo que distingue una exposición profesional de una académica.
- La capa jurídica de este tema en Andalucía es corta y debe aparecer con rango, número y fecha desde la introducción: la Ley Orgánica 2/2006 modificada por la Ley Orgánica 3/2020, el Real Decreto 95/2022 de enseñanzas mínimas de la etapa, la Ley 17/2007 de Educación de Andalucía y, sobre todo, el Decreto 100/2023 y la Orden de 30 de mayo de 2023 de Educación Infantil, que son las normas de cabecera de la especialidad. Añade el Decreto 76/2025 cuando hables del primer ciclo —ratios y periodo de adaptación— y la Ley 1/2023 de atención temprana al cerrar con la ventana de los 1.000 días. Dos o tres referencias bien situadas rinden más que una lista larga.